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Voz

La voz que ya tienes

¿Llegas a casa con la mente a mil y no consigues dormir ni bajar el ritmo? Te cuento el truco que yo misma utilizo en esos días: cómo emitir una simple vocal sin juzgar si es bonita o fea, y usar el sonido y el silencio para transformar por completo tu estado emocional.

Txari cantando con la guitarra junto a un árbol

Hay un momento del día que conozco bien y que seguro que te resulta familiar. Terminas lo que tienes entre manos, llegas a casa o te sientas en la cama con la intención de relajarte, pero la cabeza sigue a mil por hora. No para. Sigue repasando la lista de tareas, la conversación de la mañana o lo que queda por hacer mañana. Fuera hay ruido y dentro hay un hilo de pensamientos que no calla. Quieres bajar el ritmo para descansar o dormir, pero no encuentras la rendija por donde meterte.

A mí me pasaba, y me sigue pasando todavía. La mente no se apaga por arte de magia. Sin embargo, con el tiempo he descubierto algo que a mí me ayuda muchísimo en esos momentos: el poder de escuchar el silencio o llevar toda la atención hacia el sonido. He aprendido que enfocar la mente en un sonido sostenido o en la quietud que le sigue tiene la capacidad de cambiar por completo tu estado emocional y tranquilizar la mente de forma casi inmediata.

Para conseguirlo, no necesitas escuchar música externa. Muchas veces basta con ponerte a cantar. Y ojo, no hablo de cantar una canción entera; basta con emitir un sonido simple, una sola vocal.

La voz no se pone, se reconoce

Cuando digo «emitir un sonido» mucha gente se tensa de inmediato. Aparecen los fantasmas de siempre: «Es que yo no sé cantar», «Me da vergüenza cómo sueno» o «Seguro que desafino». Nos metieron esa idea en la cabeza de pequeños y se quedó ahí atrapada.

Pero yo no te estoy pidiendo que cantes bonito. No hay ninguna exigencia de afinar nada, ni de que sea hermoso o feo. La voz de la que hablo es la que ya tienes hoy, tal cual sale de ti. Solo necesitas emitir esa vocal y llevar toda tu atención hacia ella: notar cómo nace, en qué parte del cuerpo resuena, cómo se siente en el pecho o en la garganta, y cómo se va apagando.

Piensa en un niño pequeño cuando canturrea solo mientras juega. No se pregunta si lo hace bien o si está afinado. Lo hace porque le sale, y por eso suena verdadero. Esa voz libre de juicios sigue estando dentro de ti. Solo hay que quitarle de encima el peso de los «cómo debería sonar» y empezar a reconocerla.

El silencio no es un vacío

Y aquí es donde entra el silencio, que es la mitad invisible de este juego.

Mucha gente entiende el silencio como un vacío absoluto, como quedarse en blanco o como un hueco aburrido donde no pasa nada. Para mí es todo lo contrario: el silencio es el sitio en calma donde por fin puedes escuchar lo que resuena dentro de ti. Es como cuando el agua de un vaso se queda quieta y de repente puedes ver el fondo: nada ha desaparecido, simplemente ha dejado de agitarse.

El sonido de tu voz y el silencio van siempre de la mano. Al emitir una vocal, creas una vibración en el cuerpo. Y cuando esa vocal se termina, entras en un silencio que se siente limpio, un espacio donde el cuerpo se calma primero y arrastra a la cabeza detrás.

Pruébalo hoy, dos minutos

Si hoy llegas a casa con la cabeza llena y necesitas bajar las revoluciones para dormir o descansar, te propongo que lo pruebes durante solo dos minutos:

Busca un rincón tranquilo, cierra los ojos y emite un sonido con una sola vocal (un «aaaa», un «oooo», lo que te pida el cuerpo). Dila despacio, sin juzgar el tono. Concéntrate únicamente en sentir cómo vibra en tu interior y en cómo se apaga al final. Cuando el sonido termine, quédate flotando en el silencio que deja detrás.

No busques ningún resultado, ni intentes analizar si lo has hecho «bien». Sencillamente experimenta cómo ese pequeño minuto de atención enfocado en el sonido te devuelve un rato a ti misma y le devuelve la paz a tu cuerpo.

Si te apetece probarlo esta noche, cuéntame mañana cómo te fue y si notaste cómo cambiaba tu energía. Aquí estaré al otro lado para escucharte.

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