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Sonoterapia

Lo que veo que pasa cuando suena un cuenco

Te cuento qué es una sesión de cuencos desde dentro: qué me pasó a mí la primera vez, qué le veo al cuerpo y a la cabeza, y una manera de probarlo hoy sin tener uno en casa.

Cuencos grabados a mano sobre una tela azul

La primera vez que escuché un cuenco tibetano, el tiempo se detuvo. Estaba en una sesión de meditación y, al terminar, la persona que guiaba la práctica hizo sonar uno. El sonido me atrapó de tal forma que entré en un estado profundo de calma. Recuerdo pensar: «Por favor, que no pare nunca de sonar».

Ese instante lo cambió todo. Como venía del mundo de la música, conecté con esos sonidos armónicos de inmediato, pero supe que tenía que entender qué había detrás de esa vibración. Decidí apuntarme a una formación de sonoterapia y canto de armónicos. Lo que pasó en el curso superó cualquier teoría musical. El formador nos entregó un cuenco y una baqueta, nos pidió que lo golpeáramos suavemente y cerráramos los ojos para sentir.

En cuanto el cuenco vibró en mis manos, rompí a llorar. Me emocioné muchísimo. Sentí un impacto tan profundo que una certeza me inundó el pecho: había encontrado algo que me iba a acompañar para siempre. Mi único pensamiento fue: «¿Cómo no lo había descubierto antes?». Hoy, cuando me acuesto y la cabeza no para, o cuando siento los hombros subidos y la mandíbula apretada, regreso a esa vibración para bajar el volumen.

Qué es una primera escucha

A eso lo llamo una primera escucha: la primera vez que te sientas o te tumbas a dejar que el sonido haga su trabajo, sin tener que hacer tú nada. No hay postura correcta. No hay que concentrarse. No hay que conseguir relajarse a base de esfuerzo. Solo estar y oír. Es de las pocas cosas que no piden nada de ti, y por eso muchas personas que nunca han pisado una esterilla empiezan por aquí.

Qué le pasa a quien viene

Cuando acompaño una sesión, veo casi siempre lo mismo, cada persona a su manera. Al principio los cuerpos llegan rígidos; alguno se remueve, busca sitio, no sabe qué hacer con las manos. Pasan unos minutos y algo cede: los hombros bajan, la respiración se hace más larga, alguna cara se afloja del todo. Hay quien se queda dormido un rato. Hay quien llora un poco sin saber muy bien por qué. Y hay quien no siente nada llamativo, y también está bien: el descanso no siempre avisa de que ha llegado.

No le prometo a nadie lo que va a sentir, porque no lo sé, y desconfío de quien lo asegura. Lo que sí veo, casi cada vez, es que la gente se levanta más despacio de como llegó.

Por qué un sonido hace esto

No te lo puedo explicar con precisión de médico, y no te voy a decir que un cuenco te cura nada ni que te reequilibra los órganos. Te cuento lo que entiendo desde mi oficio, que es lo que conozco.

Un cuenco, por su forma y su constitución, genera algo único al ser golpeado o frotado: emite sonidos armónicos, una mezcla de tonos graves y agudos que conviven en perfecta armonía. La cabeza de inmediato lleva la atención hacia ellos; es un estímulo tan rico que la mente se olvida de sus pensamientos y preocupaciones. Deja de correr. Además, esta vibración del metal o el cuarzo no solo se oye con los oídos, sino que impacta directamente en el cuerpo, sintiéndose en el pecho, los huesos y la piel. Muchas veces es el cuerpo el que se calma primero y tira de la cabeza detrás, no al revés. Eso es lo que observo, sesión tras sesión.

Pruébalo hoy, sin cuenco

Si ahora mismo no tienes un cuenco cerca, no importa: esto lo puedes probar hoy con cualquier sonido sostenido. Busca un momento tranquilo. Cierra los ojos. Elige un sonido largo que ya esté ahí —el aire, un zumbido de fondo, una nota mantenida— o hazlo tú misma con la voz, un «mmm» suave y continuo. Y quédate escuchándolo un minuto entero, sin hacer nada más que seguirlo.

Fíjate solo en una cosa: cómo va cambiando tu respiración mientras escuchas. Casi siempre, sin que se lo pidas, se hace un poco más lenta y un poco más honda. Ese cambio pequeño es el principio de todo lo demás. No es un ejercicio para vaciar la mente ni para conseguir un estado especial; es sencillamente escuchar, y dejar que el sonido te devuelva un rato a ti.

Un cierre pequeño

Los cuencos son una puerta bonita para esto, pero no son la única. La respiración lo hace. Un paseo largo lo hace. Cantar bajito mientras friegas los platos lo hace. Todo lo que te devuelve a escucharte sirve, y cada uno encuentra el suyo.

Si un día te apetece probarlo con cuencos, aquí estaré para acompañarte. Y si no, ya tienes con qué empezar tú, esta misma noche, sin necesitar nada más que un minuto de calma. Si lo pruebas, cuéntame cómo te fue.

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